Menos mal que hacer cerveza se nos da mejor que buscar setas

Llegó el otoño. Seguramente la estación del año que más me fascina, por sus colores cobrizos y amarillos, su agradable melancolía, o un paseo por el bosque rodeado de ese olor tan envolvente, a tierra y a mojado.

El hecho es que en realidad ya casi ha pasado el otoño del calendario. Este año 2011 en la provincia de Jaén ha traído un otoño perezoso, que ha tardado en despertar. El calor del verano ha extendido sus dominios, y las lluvias han tardado demasiado en aparecer. Por este motivo, no ha sido un buen año de setas. Las setas son hongos, seres vivos “heterótrofos”, que se alimentan a partir de materia orgánica en descomposición. Para que esa materia orgánica se descomponga, las condiciones ambientales ideales son, resumidamente, temperaturas templadas y elevada humedad, condiciones habituales del otoño. Este año la humedad ha llegado tarde y, cuando ha llegado, han aparecido también el frío y las heladas nocturnas, negativos también para el crecimiento de las setas. Por tanto, se ha pasado el otoño, y dicen los más asiduos a esta actividad que no se han encontrado en abundancia.

El aficionado medio a la búsqueda de setas en nuestra zona geográfica no tiene elevado entendimiento en la materia. Realmente, en Alcalá la Real y su entorno la gente apenas conoce en general dos tipos de setas silvestres, consecuencia entre otras cosas del tipo de entorno natural que la rodea: la conocida por aquí como seta de álamo, (Agrocybe aegerita para los eruditos), y la seta de cardo, (Pleurotus eryngii). La primera es más fácil de encontrar porque nace en los pies de viejos ejemplares de álamos o chopos, que se localizan sobre todo en torno a cursos de agua. Aquí el reto es estar atento a cuándo salen e intentar recogerlas antes de que llegue otro setero más madrugador y se las lleve a su cazuela. En cuanto a las de cardo, ese es otro cantar. Se encuentran en claros y praderas sin cultivar donde crece el cardocuco, planta que, al pudrirse su raíz con la llegada del otoño, “alimenta” a la seta. Localizarlas en la inmensidad de la pradera requiere destreza, paciencia, y buena vista.

Para lanzarse al campo a buscar setas, hay que armarse de dos elementos imprescindibles: una navaja para cortar la seta por mitad del tronco, (nunca se debe arrancar de cuajo), y un canasto, de mimbre o similar. Los huecos que quedan en el fondo del canasto permiten que caigan al suelo las esporas de las setas que transportemos. Las esporas son el material reproductivo de las setas, con lo que estamos sembrando setas para el futuro.

El pasado domingo, (frío domingo de finales de noviembre), nos decidimos a salir a buscar setas en familia. Desde la abuela a las nietas, tres generaciones y catorce ojos parecíamos constituir una eficaz herramienta de búsqueda de setas. Con semejante equipo, no era de extrañar que desoyéramos a los más expertos, que nos advertían de que no era buen año. Desafiamos a la lógica como valientes, pero al final del día, los expertos y la lógica tenían razón. Encontramos siete u ocho setas entre todos. Lamentable bagaje. Suerte que a la vuelta a casa, nos encontramos con mi padre, al que un amigo suyo, “el butanero”, un verdadero artista de la seta, había regalado cerca de dos kilos de setas de cardo cogidas la misma mañana sólo con sus manos. Y eso que no ha sido un buen año.

Las disfrutamos fritas y enharinadas al día siguiente también en familia, como dios manda. Delicioso manjar. Va por ti, “butanero”.